25/4/20

Conoce a Iván Mayayo

Sueños de sangre y polvo
*Relato originalmente publicado en NGC3660.com*


Se abre el cerrojo con un sonoro despertar metálico. De pie, en una esquina, me sobresalto. Entra un joven, es uno de los celadores. Viste un uniforme prestado, salpicado con manchas de grasa, que le queda grande. No recuerdo haberlo visto nunca, pero he sentido su presencia cada tarde. Arruga el ceño en una mueca que me parece cómica. Ya no lo noto, pero la celda acolchada y yo olemos a heces y orín. Las paredes, blancas en otro tiempo, amortiguan mi risa desdentada. Se acerca con cierto reparo, me agarra gentilmente del hombro y me dirige hasta una silla desvencijada que se mantiene en pie a duras penas en un rincón. Exactamente igual que yo. Balbuceo. Las palabras quieren salir en tropel de mi boca, ininteligibles.
—Vamos a sentarnos —invita amable—. Tengo que prepararla para la operación. Vengo a cortar su pelo —añade, mostrando un estuche del que asoman unas tijeras y una navaja de barbero.
Me dejo llevar. Por un ventanuco se cuelan unos finos rayos de luz. Me quedo ensimismada mientras el chascar de las tijeras corta mi melena ajada, llena de porquería. Motas de polvo bailan en suspensión, brillantes. Se me antojan pequeños hilos de oro creados por diminutas manos mágicas. El polvo está por todas partes, pero solo la luz lo revela y lo hace danzar.
—¿Cuándo es? —pregunto. Ahora mi voz se escucha clara.
—¿El qué? —responde el joven. Ha terminado con las tijeras y la cuchilla de barbero se desliza sobre mi cabeza.
—La operación.
—Mañana.
—¿Podré ver el sol? —Levanto una mano y jugueteo con las luminosas partículas.
—Claro, hay una ventana por la que entra mucha luz.
—Entonces todo saldrá bien —respondo, y abandono mi mente al raspar de la cuchilla.

Se adentra en la oscuridad y podredumbre de la casa de dementes. Despojos humanos se agolpan por el suelo y contra las paredes, murmurando grotescas letanías a su paso. Todo está sucio. El doctor Navarrete cubre su boca y fosas nasales con una mascarilla que, a duras penas, le evita vomitar de tan intenso hedor. Un delantal, con manchas parduscas de sangre seca, cubre su bata. Con la diestra agarra el maletín que contiene sus instrumentos de trabajo; en la siniestra aún pesa un invisible fajo de billetes con los que le pagó un primo, del empresario de paños fallecido Antonio Santos, para asegurarse un diagnóstico favorable a sus intereses: la viuda del señor Santos, la señora Misericordia Peláez, aquejada de mal femenino y despojada de sus plenas facultades mentales, precisa de una intervención quirúrgica urgente.
Llega hasta el quirofanillo y abre la puerta. La sala no está mucho más limpia que el resto del hospital. Un celador se despide con un imperceptible movimiento de cabeza cuando lo ve entrar y cierra la puerta. Allí, inmovilizada en una camilla, su paciente le espera.

Las correas de cuero laceran mis muñecas. El joven celador las ha aflojado un poco antes de marchar. Me ha acariciado débilmente, su mano era áspera. Sus ojos parecían decir «lo siento». Ya de nada sirve quejarse. Estoy sola. Han decidido que soy un ser demente, torcido y peligroso: una mujer. Al menos el celador tenía razón, la luz entra abundantemente por un ventanuco justo encima de la camilla. El doctor, que cubre su cara con una máscara grisácea y su cuerpo con un delantal de carnicero, ordena su instrumental.
Clang, clang.
Ruidos metálicos, más propios de un mecánico, resuenan sobre la mesa de trabajo. El polvo brilla y baila entre mis dedos.
Clang, clang.
Me gusta ver cómo el rayo de sol provoca destellos sobre el vello de mis brazos. Me confiere importancia, como si fuera la estatua de una diosa bañada en oro.
El doctor me hace abrir la boca y me coloca una mordaza. Duele, aunque sigo centrada en cómo centellea todo a mi alrededor. De pronto, un pequeño ser luminoso, como un gusano de colorido pelaje, se materializa ante mí. Cosquillea mi piel, juega con mis dedos. ¿Qué es eso? ¿De dónde ha salido? El diminuto ser me mira, con unos ojos centelleantes, curioso. Hay algo en él que me recuerda al celador. Todo gira a mi alrededor, me siento transportada.
Sé que sigo en la habitación, pero todo el espacio está invadido por la luz. Ante mí el quirófano se convierte en un paisaje de brillante vegetación. Estoy rodeada de magia. Seres voladores similares a coloridas libélulas se elevan sobre extensos campos púrpuras, un cuadro multicolor de alegres pinceladas. Lo veo todo desde lo alto de una colina. Estoy en paz, exóticas fragancias purificadoras me invaden. La luz dorada del cielo, cálida, me hace sentir viva. Soy capaz de ver a cada uno de los habitantes de este mundo en sus pequeñas madrigueras escondidas entre árboles y hongos, perfecta fusión con la naturaleza. El pequeño ser continúa conmigo, dirigiendo mis pasos desde lo alto de la colina, ahora verdosa y amarillenta; luego magenta o violácea. Huele a flores. El sol ilumina el valle, tan intensamente que casi me ciega, donde hebras plata y oro danzan frenéticas. Pero al fijarme más detenidamente me doy cuenta que lo que contemplo no es un baile, sino una batalla.
Las criaturas filamentosas se matan entre ellas. Las plata ahogan a las doradas, mucho más luminosas incluso en la muerte. Distingo restos de mí en ellas, son fragmentos de mi interior, desapareciendo poco a poco. Las plateadas también las identifico: mis miedos e inseguridades provocadas a lo largo de mi vida, el sudor, la suciedad que me rodea, el desprecio. La cruda realidad invade mi reino onírico. Todo eso me está comiendo. Siento un dolor punzante en mi cráneo, mi cuerpo se ha roto. Noto cómo las conexiones motoras, el control de mis articulaciones o de mis esfínteres desaparecen, las han cortado.
Una nube negra, de tormenta, se acerca. Puedo ver los fogonazos de los relámpagos en su interior. Es fría y todo lo que trae es un mundo gris, sin vida, ausente de luz y color. En su interior me parece distinguir la mirada maníaca del cirujano. Mi parte luminosa está muriendo. Con todas mis fuerzas, intento atraparla, desgarrarla con mis manos, pero es inútil. La funesta nube se acerca mientras chillidos de terror taladran mi cerebro. Desesperada, evoco una retahíla que mis padres solían recitar:
—¡Tente nube, tente nu, que yo puedo más que tú!
Soplo con mis últimas fuerzas y la nube se desvanece hecha jirones, como si nunca hubiese existido.
No sé bien qué ha pasado, no puedo dejar de sonreír de satisfacción. La batalla ha terminado. Me encuentro tumbada en el valle, rodeada de seres dorados, subiendo por mi cuerpo por centenares, permitiéndome fundirme con ellos y, por fin, brillar. El sol acaricia mi cara, calienta mis brazos, ilumina mis cabellos, como si fueran de oro. No hay ni rastro de los filamentos plateados, han desaparecido.

El doctor ajusta las tiras de cuero que sujetan la cabeza de la paciente. Las gotas de sudor empapan su frente y resbalan hasta la boca, siente un intenso sabor a sal y podredumbre. La luz que se cuela por el ventanuco ilumina la cara de Misericordia Peláez. Desde donde está casi le parece que descansa en paz. El doctor Navarrete coge el instrumental de la bandeja que está sobre la mesa. Ha sido cuidadosamente esterilizado, pero es tal la suciedad que habita el ambiente que duda de la efectividad de la medida. Vuelve a mirar el rayo de sol que baña el rostro de la paciente, rodeado por brillante polvo en suspensión. Por un momento le da la impresión de que es lo único puro que hay ahí.
Con un gesto de cabeza, como queriendo quitarse malos pensamientos, continúa su labor. Realiza una pequeña incisión con el bisturí. La sangre, oscura y densa, brota de la herida. Tras limpiar la zona con una gasa, aplica el trépano. A cada giro de la manivela escucha el hueso astillarse, un pequeño chasquido desagradable. La sangre mancha su delantal, en esos momentos no se siente un médico. Es un carnicero.
El orificio debe airearse. Deja sus herramientas manchadas y se frota los ojos cansados, como si de pronto los cubriese una nube de tormenta. Parpadea varias veces seguidas y toca con sus manos la cabeza de la mujer. Por la forma de su cráneo deduce que la señora Peláez tiende a presentar un comportamiento histérico con profundos ataques melancólicos. En realidad le ha salvado la vida, ¡una victoria! Lo repite mentalmente una y otra vez, intentando autoconvencerse, mientras vuelve a mirar su rostro, sus facciones finas. En esos momentos le parece verla sonreír de un modo que le asusta, como si ya no tuviese miedo. Un escalofrío le atraviesa y, de repente, se siente pequeño, inseguro en su diagnóstico, derrotado. Sin detenerse a recoger sus cosas, a paso vivo, el doctor Navarrete abandona el sanatorio, maldiciendo el dinero que nunca debió aceptar, con la intención de no regresar jamás.

Estoy acostada en la cama de mi celda acolchada. El celador venda con cuidado mi cabeza, protegiendo la herida. Me ha colocado de manera que vea el sol. Su voz es cariñosa, reconfortante, aunque ya no puedo moverme. Como única respuesta a sus palabras dirijo mis ojos hacia él en una súplica que intento que entienda. No contemplo la opción de regresar, de seguir viva como una marioneta quebrada, abandonada en un callejón, atrapada en una cárcel de sangre y huesos. ¿Por qué volver atrás? ¿Para satisfacer a un hombre que solo quiere mi dinero? En realidad no queda nada. A la empresa de paños solo le restan acreedores dispuestos a crujir los huesos del nuevo dueño hasta exprimir la última moneda. Las grandes fábricas, y el nuevo siglo, se lo han comido todo. Siempre fui una artista maquillando cuentas y aplazando pagos. Así que solo puedo seguir adelante.
Una lágrima resbala por mi mejilla. La gentil mano de mi cuidador, áspera, la seca con dulzura. Siento que me ha comprendido. Es cuidadoso cuando sujeta mi cabeza al retirar la pequeña y sucia almohada. A continuación, susurra un débil: «Lo siento muchísimo», me tapa la cara con ella y, en un gesto de amor, la mantiene firme durante largo rato. Inamovible, ignora las convulsiones de mi cuerpo ante la falta de oxígeno. No puedo verle la cara pero sé que está llorando.

Respiro la libertad. La luz, que ilumina todo cuanto me rodea, me hace sentir parte de este mágico misterio. Los vívidos colores me dan calor con solo tocarlos, saben a naturaleza salvaje. Las brillantes criaturas me acompañan en todo momento, brotando de mi piel, refugiándose en mis cabellos, sobrevolando conmigo los campos, recorriendo este vasto reino inexplorado. Ahora sé que siempre he pertenecido a este mundo. Debo quedarme aquí, donde la luz es más intensa. Libre, para siempre.

22/4/20

Conoce a Marta Cañigueral


EL MIRADOR

24 de noviembre de 2015.

Para que no se enteren de que me he marchado. Para que crean que se me han llevado. Todo revuelto y ninguna nota. Llamarán a la policía, denunciarán mi desaparición, llorarán por la desesperación y por la angustia de saber qué ocurrirá. La espera será eterna y el desconcierto al no recibir ninguna información, máximo. Luego, pronto, me encontrarán. Mi cuerpo, inerte, inmóvil, yaciendo en un barranco. Quién sabe si la niebla que ahora regenta el lugar seguirá aquí. «Pobre familia», dirá la gente. Y entonces sólo les quedará la pena y la frustración resultante de la impotencia y la culpabilidad. Se preguntarán por qué; si habrían podido hacer algo para evitarlo; si deberían haber contratado seguridad para la casa cuando empezaron a recibir esas amenazas tiempo atrás. Pero con el tiempo estas preguntas desaparecerán, como yo, y simplemente les quedará un grato recuerdo mío. Recordarán que fui una persona alegre, divertida y amante de la vida que, por cosas del destino, se convirtió en una víctima. Desconocerán mi tristeza y mi desilusión; mi pecado. Ignorarán que fui mi propio verdugo.
Apenas ha amanecido. Unas ligeras gotas resbalan por los cristales empañados de las ventanas debido a la humedad de la neblina. Hace frío, pero yo tengo el cuerpo empapado en sudor. El corazón me late rápida pero torpemente. Los nervios, la angustia, entrecortan mi respiración. Tengo la boca seca y la boquilla del cigarrillo se me pega a los labios agrietados. Aún puedo oler la sangre en mis manos.
Soy un asesino. Me lo recuerda esa cicatriz en la mejilla izquierda reflejada en el espejo, en un escaparte, en un charco de agua estancada. Estuve mucho tiempo auto engañándome; diciéndome que todo había sido un accidente. Y al principio tal vez fue así. Pero lo que hice después..., no. Eso sólo puede hacerlo un criminal. Alguien con la mente tan retorcida y perturbada como uno de esos psicópatas que aparecen en los libros o en las películas o, más horroroso todavía, en la vida real.
Mañana mi crimen cumplirá diez años. Una década desde el día en que empecé a morir. Dos lustros planeando mi muerte. Un decenio marcado por el peso de una oscura sombra sobre mis hombros, por las lágrimas de sangre vertidas en soledad. Y todavía no sé qué es lo que me duele más: si haberla matado o haber dejado de poder ver su sonrisa todos los días. Recuerdo a diario su melena rizada, rojiza, danzando con el viento en el mirador. Cantaba como los ángeles y su cuerpo se movía delicadamente al son de esa melodía que tarareaba sin cesar. Ajena al peligro, confiada, inocente. Parecía contenta. Feliz.
Cuando encontraron su cadáver nos interrogaron a todos. Lo normal en una situación así. Necesitaban recabar toda la información posible porque apenas se habían encontrado indicios. El cuerpo había pasado demasiado tiempo en el agua y las pruebas eran inexistentes. Cerraron el caso con accidente como causa de la muerte.
Pero entonces empezamos a recibir amenazas donde nos decían que uno de nosotros sería el siguiente. No sabíamos de donde provenían esas cartas y la policía tampoco averiguó mucho más. Investigaron nuestro pasado, los allegados. Nada. Todo parecía obra de un loco. Y tal vez fuera así. Tal vez me volví loco. Pero formaba parte del plan.
Llevo una fotografía suya en mi cartera. Escondida. Ya sé que nadie se extrañaría al verla cuando abriera el billetero, porque en el fondo sería lo más normal. Pero no quiero. Es mía; mi recuerdo, mi vida. Mi amor.

25 de noviembre de 2005.

Esta mañana la he oído hablando por teléfono. Ha quedado con alguien en el mirador de la playa. A las ocho. A esas horas y en esta época del año, las vistas son horribles desde allí. Apenas se ve a un metro de distancia. La bruma del mar se funde con la niebla y lo único que hace es introducirte en una burbuja. Una pompa secreta e íntima que te aleja de la realidad y te hace desaparecer, aunque sólo sea unos instantes, de este mundo. Lo sé bien. Hace unos meses era yo quien estaba ahí, así, con ella.
Me amaba. Estoy convencido. Sus ojos buscaban los míos. Se relamía sensualmente los labios provocándome, mientras me guiñaba el ojo. Se contorneaba cada vez que pasaba por delante de mí. Se retorcía ese rebelde mechón que le caía por la frente cual Lolita picarona. Me tenía loco.
«Esto no funciona», me dijo un día de septiembre. «No está bien y, además, yo no te quiero». Estas últimas palabras se clavaron en mi estómago cual puñal oxidado. ¿Cómo podía soltar algo así de repente? Sin decirme nada más, sin recordar todo lo que yo le había dado; todo lo que le había enseñado. Sé lo duro que es mantener una relación en secreto, verse a escondidas. Entiendo los riesgos, las ansiedades y los miedos que eso comporta. Pero más vale eso que nada. Prefiero vivir angustiado amándola que morir en vida sin tenerla. Me habría encantado gritar a los cuatro vientos que la quería. Dejar atrás todo lo que nos ataba y centrarme en ella. Vivir por y para ella. Nada me importaba más que estar a su lado. Y aunque sé que lo nuestro es complicado, imposible, ilógico..., lo hemos hecho real durante un buen tiempo. Entonces, ¿por qué quería dejarlo ahora? ¿Qué había cambiado? Sólo se me ocurre una cosa. Solamente puede haber una respuesta: otro.
Y la llamada de hoy me lo ha confirmado.
Le he dejado una nota a mi mujer diciéndole que, después del trabajo, iré al gimnasio. Que llevo unos días muy estresado en la oficina y que, tras la última reunión del día, me irá bien desconectar. Y eso he hecho. A las siete he ido al gimnasio. He entrado con la tarjeta magnética que registra tus datos, he dejado la bolsa en la taquilla y me he dirigido al cuarto de utillaje destinado exclusivamente a los empleados del centro. La habitación da a la parte de atrás del complejo y siempre tiene la ventana abierta. La deben dejar así para ventilarla y que nadie note que ahí se fuman los cigarrillos de extranjis. No es la primera vez que salgo y entro por ahí. Lo he hecho cada vez que nos veíamos. Los registros del gimnasio siempre me han dado una coartada. Por lo que pudiera ser...
Luego me he dirigido al mirador. Y, agazapado entre los árboles, camuflado entre la niebla, he esperado sigilosamente. Apenas veía nada. La visibilidad tan solo alcanzaba unos pocos metros y poco podía distinguir entre la neblina. Hasta que he oído su voz. Su risa. Entonces, despacio, he avanzado silenciosamente hacia el acantilado. Con cuidado para no tropezar con ninguna piedra ni rama alguna. Moviendo los brazos intentando disipar ese vapor frío y húmedo que reinaba el lugar. He tenido que acercarme mucho. Pero, por suerte o por desgracia, estaban demasiado ocupados como para notar mi presencia.
Los brazos de él rodeaban su perfecta y femenina cintura mientras ella acariciaba su pelo con la mano derecha. Se susurraban cosas al oído. Sonreían. Se miraban embobados como si no hubiera mañana. A mi han entrado náuseas. Se me ha acelerado el corazón. Se me han llenado los ojos de rabia.
Poco tiempo después, tras un largo beso, se han despedido y él se ha marchado despacio pero con paso firme; volviéndose un par de veces para retrasar el adiós. Para grabar mejor la imagen de esa belleza en su cabeza. Entonces, ella ha suspirado y se ha sentado en el banco humedecido por la bruma situado en el borde del mirador. Ha cogido su teléfono y ha esperado. «Hola, soy yo. Ahora vengo. Lo siento, me he distraído y he perdido el autobús. En treinta minutos a lo sumo estoy ahí. Yo también.»
Cuando ha colgado yo ya estaba a sus espaldas. Respirando intensamente. Nervioso. Enfadado, sí; lo reconozco. Al notar mi aliento en su nuca se ha girado velozmente y se ha asustado al verme. Me ha preguntado qué estaba haciendo ahí y le he respondido con la misma pregunta. Sus ojos, vacíos de sentimientos o afecto alguno, me han herido en lo más profundo de mi ser. La discusión era ya inevitable. Y el accidente también.
No he podido evitar agarrarla del brazo cuando se disponía a marchar. Dejándome con la palabra en la boca. Sin darme ninguna otra explicación que «se ha terminado». Entonces ha alargado su brazo y me ha arañado con fuerza en la cara. Quería que la soltara. Quería escapar. No he medido bien mi fuerza ni he sido consciente de lo que nos rodeaba. No veía nada. Y cuando he tirado de ella hacia mí, lo he hecho con tal fuerza que la he lanzado contra el banco que estaba a mi espalda. El suelo mojado por la humedad de la bruma ha hecho que perdiera el equilibrio y que se golpeara la cabeza con el respaldo del asiento. Ha caído desplomada al suelo y, mientras sangraba por la brecha en la cabeza producida por el golpe, me ha abandonado.
Dios, no podía terminar así. No podíamos despedirnos discutiendo. Le he pedido perdón y la he besado en la frente. En los labios. En el cuello. Mis manos han recorrido su cuerpo delicadamente. Sus pechos. Su sexo. Aún estaba caliente. Y le he hecho el amor por última vez.
He llorado.
Me he quedado sentado a su lado un rato. Acariciándole el pelo. Pensando qué debía hacer. Y entonces he optado por lanzarla al mar. Sin mirar. Sólo el ruido de su cuerpo chocando contra las rocas me ha indicado que ya todo había acabado.
Entonces he regresado lo más rápido que he podido al gimnasio. Me he duchado y he salido por la puerta principal pasando de nuevo mi tarjeta. «Qué marcha lleva hoy Sergio», le he dicho a la recepcionista mientras me iba. «No eres el primero que me lo dice hoy», me ha respondido sonriendo y guiñándome el ojo.
Al llegar a casa, Claudia estaba al teléfono. Se movía de un lado a otro nerviosa, pasándose la mano por el pelo, mientras el pequeño Jorge veía la tele sentado en el sofá. «Hola, papi», me ha dicho sin apartar los ojos de la pantalla. «Mamá está hablando con el papá de Natalia».
Óscar, el exmarido de Claudia y padre de Natalia, las abandonó cuando la pequeña apenas tenía cinco años. Nunca se había preocupado de ella, hasta hará un par de meses. Cuando pidió la custodia compartida. Justo ahora que ya había cumplido los dieciséis. No me gustaba.
«Natalia aún no ha llegado», me ha dicho Claudia nada más colgar. «He llamado a su padre por si sabía algo o había ido a su casa. Me ha llamado hace una hora diciéndome que había perdido el autobús pero que ya venía para acá. ¿Y si le ha pasado algo?», ha exclamado entre sollozos llevándose las manos a la cara.
No he sabido qué decir. Mi mente no podía dejar de recordar el sonido seco del impacto del cuerpo de Natalia contra las rocas. Y entonces he comprendido que debía empezar a planear mi muerte. Porque mañana, con suerte, encontrarán su cadáver y la familia deberá pasar por el peor trance de su vida. Claudia habrá perdido a una hija y, yo, a mi amor. 


20/4/20

Conoce a Zahara Ordóñez

La Mirilla


Patricia cumpliría por fin su sueño de vivir en el extranjero. Había terminado sus estudios, buscado trabajo en diferentes capitales europeas y, antes de lo que esperaba, consiguió empleo en una multinacional en Dublín. Era lo que siempre había querido y, aunque dejar atrás a su familia y amigos en cierto modo la frenaba, su madre la animó a vivir esa experiencia.
 «Ya tendrás tiempo de volver» le dijo, y aquello fue el empujón que necesitaba.
Preparó lo necesario y se lanzó a la búsqueda de apartamento. Internet era una buena herramienta para estos casos, pero después de algunas desafortunadas experiencias, decidió poner tal empresa en manos de una agencia de la ciudad que a menudo trabajaba con personas en su misma situación. La agencia pronto encontró algo adecuado para ella, un apartamento ubicado en la zona norte de la capital, pequeño pero bien comunicado. Estaba en la última planta de un vetusto edificio de tres alturas, que databa de 1800. No era nuevo ni lujoso, pero por las fotos parecía más que adecentado y lo más importante: el precio era bueno, lo que le dejaría margen para ahorrar y, en un futuro, si todo iba bien, buscar un alojamiento mejor.
            Patricia llegó a la capital irlandesa con la ilusión de una nueva vida y con una abultada maleta, cargada en parte de comida envasada al vacío. Pasó por la agencia, donde una empleada amable y dotada de un castellano fluido le dio sus llaves, algunas indicaciones sobre los comercios y los transportes del barrio y le deseó la mejor de las suertes en su nueva etapa. Tras entretenerse en admirar algunos detalles de la ciudad en el trayecto, llegó hasta el apartamento bien entrada la tarde y sin mayor dificultad.  
            El lugar era justo como lo esperaba. El edificio, del típico ladrillo rojizo, estaba invadido en su mayor parte por hiedra trepadora, que casi llegaba a alcanzar el tejado gris. Entre tan denso manto vegetal asomaban las alargadas ventanas de blanca palillería que, envejecida, parecía llevar años sin recibir una buena mano de pintura. Tras observar la fachada, Patricia se adentró en el portal, diáfano y frío, con la única presencia de seis buzones en los no figuraba nombre alguno, solo una numeración del 1 al 6. La mayor parte de ellos rebosaban de propaganda y polvo. No había ascensor y tendría que subir varios tramos de escalones altos y desiguales, pero se lo tomó con buen humor, pensando que aquello le ahorraría el gimnasio.
            Patricia se detuvo frente a la escalinata de ascenso, que desaparecía en la oscuridad superior y, tomando aire, inició el ascenso cargando de la maleta a duras penas. En contra de lo que cabría esperar de un edificio tan antiguo, la luz era automática y apenas sí permaneció encendida el tiempo que tardó en subir los veinte escalones que separaban la planta baja del primer piso. En el rellano, a oscuras, buscó el ángulo perfecto para que la luz se encendiera y, cuando esta lo hizo, pudo ver dos puertas. Le llamó la atención que fueran metálicas pero prefirió continuar antes de pararse a observar más, por si algún vecino se asomaba y la encontraba curioseando; el silencio era tan sepulcral allí que su respiración reverberaba en el eco del hueco de la escalera.
            Al llegar al rellano del segundo piso, repitió la misma maniobra y halló también otras dos puertas. Aquella vez percibió algo nuevo. Ninguna de ellas tenía picaporte, ni tampoco número que las identificara. El extraño detalle avivó sus ganas de llegar al último piso y emprendió una subida a toda prisa. Al hacerlo, sus pies se posaron sobre una superficie rugosa que la hizo resbalar. Trastabilló y cayó de bruces, y al hacerlo su rodilla golpeó con un objeto macizo. La maleta se le escurrió de las manos y patinó escaleras abajo. Patricia se quejó por tamaño golpe a la par que la luz se apagaba y, obviando el dolor de la caída, bajó los escalones a oscuras hasta que de nuevo, el automático reaccionó, iluminandolo todo. Vio su maleta, volcada en el suelo y, frente a ella en el escalón, un reguero de polvo blanco que identificó como sal y, un cuenco, partido en dos, que aún contenía buena parte de la misma. Patricia se preguntó quién habría dejado eso allí y maldiciendo en silencio agarró la maleta y se prometió que más tarde bajaría a limpiar el desastre.

            Por fin llegó hasta el tercer y último piso. Dos puertas, idénticas a las de pisos inferiores, y un 6 rubricado sobre una placa dorada le indicó cuál era la suya. Metió la llave en la cerradura, deseosa por ver su nuevo hogar. La luz del descansillo se apagó al tiempo en que la giraba. Un chirrido desagradable procedente del cerrojo resonó en el rellano y, cuando cesó, a Patricia le pareció oír pisadas sobre un suelo de madera. Supuso que sería el vecino que, alarmado por su llegada, quería curiosear, pero el crujido cesó pronto. Dirigió una mirada a la otra puerta y con su movimiento la luz regresó. Al fijarse en ella percibió un curioso detalle: en el lugar el que debía estar la mirilla, había un trozo de madera clavado. Miró su puerta. La mirilla estaba en su sitio. Apeló a alguna extraña costumbre y entró en su apartamento. Descubrió que era igual que en las fotos: viejo pero acogedor. Además de con una diminuta entrada, contaba con baño,  una cocina que parecía de juguete pero que era más que suficiente y un pequeño salón-comedor, junto al que había un coqueto dormitorio. Todo estaba dentro de lo previsto, salvo por una cosa: nadie le había dicho que el piso daba a la parte trasera del edificio y las ventanas a lo que, en un principio, le pareció un viejo descampado, dominado por la maleza. Sin embargo, cuando se fijó con detenimiento alcanzó a ver en el centro una gran cruz de piedra, de esas celtas tan hermosas y típicas de la isla, que se inclinaba amenazando con caer.  A  unos pasos de ella se advertían algunas losas de piedra que fueron vistosas lápidas en otros tiempos. En aquella noche cerrada y sin apenas luz de la luna, Patricia no pudo ver mucho más, pero lo que vio le bastó para saber que aquello no era un descampado corriente, sino un antiguo cementerio. Por suerte  no era supersticiosa y al fin y al cabo estaba en la planta más alta: Lo único que tenía que hacer era no mirar abajo.
Acusando un fuerte dolor de rodilla, observó el creciente moratón que empezaba a adivinarse en su pierna. Se puso un paño de agua fría y tomó un analgésico de los que traía en el equipaje. Recogió el desastre que había dejado en la escalera y encontró una escoba en el piso con la que pudo barrer la sal del suelo. Ya era bastante tarde cuando terminó de adecentar su apartamento y colocar sus cosas. Las llamadas a familia y amigos contando las anécdotas del viaje, la expectación del nuevo trabajo y los planes sobre cómo decoraría su nuevo hogar la mantuvieron ocupada. Se duchó y preparó algo de cena con lo que había traído de casa.
            Había terminado el plato cuando el timbre de la puerta sonó. No tenía uno de esos sonidos tipo campana, era agudo, continuo, chirriante e insistente. Sonó al menos siete veces. Ya era de noche, pasadas las doce, pero pensando en que podría ser su vecino, fue hasta la puerta. Llegó hasta ella y miró por la mirilla. Frunció el ceño, extrañada, al darse cuenta de que estaba borrosa. No se veía más que una mancha en el pequeño ojo de buey y, tras ella, la claridad que la luz aportaba al rellano. Y aunque por aquel detalle estaba segura de que había alguien, era imposible distinguir quién era. Patricia puso el oído en la puerta, pero no escuchó nada. Preguntó, pero no hubo respuesta.  Pensó en si debía abrir la puerta pero, por precaución no lo hizo. Aquello se repitió durante al menos dos horas y al insistente sonido del timbre le acompañaron esta vez unos gritos que asemejaban a los maullidos de una pelea de gatos. Con la constante sensación de que algo no estaba yendo bien, intentó tranquilizarse. Patricia presumía de ser alguien racional y todo aquello debía tener explicación. El viaje, el cansancio, las expectativas de una nueva vida, debían estar pasándole factura. Permaneció unos segundos con los ojos abiertos, oteando la oscuridad del dormitorio hasta que los cerró de nuevo y cayó dormida.
            El despertador a la mañana siguiente alejó de su mente los sucesos de la jornada anterior. Se aseó, vistió sus mejores ropas y se fue al trabajo muy temprano, cuando la oscuridad aún reinaba en las calles. Por suerte, en la oficina las cosas fueron bien. El ambiente era bueno y se hizo pronto con la dinámica de su puesto. Tras comprar algunos productos frescos para abastecer la nevera, Patricia llegó a su casa.
            En la puerta del edificio encontró una estampa que no esperaba. Los operarios de una ambulancia sacaban en una camilla una abultada bolsa de cadáveres, bajo la atenta mirada de la policía y de algunos curiosos que pasaban por allí.
            «Pobre mujer» oyó decir a una señora, que había interrumpido el paseo con su perro y conversaba con otra «Ha tenido una muerte horrible. Tenía la boca desencajada y los ojos desorbitados, como si hubiera visto a la mismísima muerte con su guadaña… Pobre mujer» repitió.
            La curiosidad de Patricia la empujó a acercarse hasta ellas y preguntarles qué había pasado.
            «La anciana señora Stoker ha muerto»
            Patricia no conocía a nadie de allí y preguntó en qué piso vivía.
            «En la última planta, en el número cinco. Era la única que quedaba ya en ese maldito edificio»
            Aquello turbó a Patricia. Esa mujer era su vecina. La de la mirilla tapada con un madero.
            «Se resistía a dejarlo» intervino la otra «Estaba convencida de que un puñado de sal y sus supersticiones la salvarían, y ahora, mírala»
            Patricia se estremeció. Ella había tirado aquel cuenco de sal y recogido después cualquier resto de la misma.
            «¿A qué se refiere con eso de la sal?» se atrevió a preguntar.
«Nada, hija. Supersticiones. La señora Stoker decía que había fantasmas y que la sal los mantenía alejados de su casa»
La explicación de la mujer resonó en la cabeza de Patricia y la hizo fruncir el ceño, extrañada.
«¿Fantasmas?» alcanzó de decir.
«Eso cuentan todos los que han vivido ahí. Dicen que es por el cementerio. Querían hacer un parque y cuando estaban excavando se lo encontraron. Nadie sabía que estaba ahí y al final averiguaron que en ese trozo de tierra enterraban a los suicidas hace un par de siglos. Ya sabes, las cosas de antes, que no les dejaban estar en tierra sagrada, con los demás. La Señora Stoker mandó poner una y unas lápidas, pero desde que removieron la tierra y con ella a sus muertos, en ese lugar no han dejado de ocurrir desgracias»
«Pues yo no creo que los muertos le hagan daño a nadie» comentó la otra mujer «Lo que sí hiere son los viejos recuerdos y ese edificio tiene muchos, y nada buenos. La anciana tenía que haberse marchado hace tiempo. Vender el piso como hicieron los demás, dejar que lo derruyeran, pero ha sido de su familia desde hace más de cien años»
            «Desde luego» aseveró la chica del perro «¿Eres de por aquí?», preguntó a Patricia.
            Ella negó con la cabeza y les indicó que se acababa de mudar al número seis. Las dos mujeres se miraron entre sí y fruncieron los labios, con un gesto preocupado.
            «Busca otro lugar para vivir, muchacha» dijo una de ellas y, tras un breve cabeceo, ambas se alejaron.
            Patricia se quedó mirando al edificio extrañada tras tan peculiar conversación y, de alguna manera, se sentía empujada a no volver a él. Permaneció allí unos minutos hasta que se decidió a vencer las reticencias que creía absurdas y cruzó la calle hasta el edificio. La gente más anciana moría de repente, como le había pasado a la tal señora Stoker y esas dos mujeres bien podrían ser unas vecinas con tendencia a las historias morbosas.
            Al llegar al portal un policía la detuvo y ella tuvo que dar un montón de explicaciones para que la dejara pasar. El hombre, le preguntó si la noche anterior había oído algo y Patricia le habló de los maullidos y del sonido del timbre. El hombre frunció el ceño, como si lo que le acabase de contar fuera una invención, pero no dijo nada al respecto, solo le indicó que si recordaba algo más de información que llamase a comisaría.
            Patricia subió a su casa y antes de entrar echó un vistazo de reojo a la puerta de la desafortunada señora Stoker. Seguía allí, con su mirilla cegada. A Patricia aquel umbral que la anciana no volvería a atravesar jamás,  le pareció más oscuro que el día anterior.
            Esa noche, el incidente se repitió. El timbre sonó de nuevo, incesante, crispando cada nervio de su ser. Después de la muerte de su vecina, todas las señales de alarma se habían activado en su cerebro. Patricia ni siquiera abandonó el dormitorio. Llamó a la policía, pero nunca llegaron.
            El timbre sonó, de forma intermitente, desde la medianoche hasta las 3 y 33 de la madrugada.  A la mañana siguiente, en cuanto se levantó, llamó a su hermano y le contó lo que le había pasado. Él le dijo que en esas casas viejas a veces había ruidos raros, que eran en realidad las cañerías, o ratas en el tejado; que llamara a la agencia para que le buscasen un nuevo piso y que  cambiase la mirilla para poder ver quien la estuviera molestando. Ella le dijo que así lo haría y le hizo prometer que no le contaría nada a su madre para no preocuparla.
            Tras la llamada, abrió la puerta de su casa, dispuesta a emprender una jornada más de trabajo, cuando, en el rellano, la presencia de dos bultos extraños la sorprendió. Su estómago se encogió y el vello de su nuca se le erizó al comprobar que, por sus uniformes, se trataba de una pareja de policías. Estaban allí, tendidos en el suelo frente a su puerta, sin herida alguna, sin sangre bajo sus cuerpos; tan solo con la mandíbula desencajada y los ojos abiertos, fijos en el techo. La mueca de su rostro revelaba un terror insondable. «Como si hubieran visto a la mismísima muerte con su guadaña» las palabras de la mujer sonaron en su cabeza. Patricia tragó saliva y sacó el móvil de su bolso a toda prisa, para llamar a urgencias.
            Aquél día fue el más extraño de cuantos habían acontecido en su vida. Hubo de prestar declaración y, para cuando salió de la comisaría, estaba bien entrada la tarde. Les había hablado de las llamadas insistentes, de los ruidos nocturnos. La policía prometió que una patrulla pasaría cada poco tiempo a revisar el lugar. Llamó a la agencia y exigió un apartamento en otro lugar. La chica, amablemente, le dijo que buscaría algo para ella, que esperaba no demorarse mucho. Algo en su interior le decía que no volviera allí pero ¿iba a gastar dinero en un hostal? En la agencia le habían prometido que tendría algo pronto. Debía armarse de paciencia, tranquilizarse, apelar a su lado más racional y esperar.
            Patricia regresó a casa no sin antes parar a comprar una nueva mirilla en una ferretería cercana. Cuando el dependiente preguntó de qué tipo la quería, ella le dijo que era una de esas redondas «para el edificio rojo. El del cementerio a la espalda» El hombre que la atendía la miró extrañado con un «creía que salvo la difunta anciana Stoker ya no vivía nadie allí» y después le comentó que justo esa misma mañana se le habían agotado. A ella le sonó a excusa, y pensando en su mala suerte, cogió un bus y fue a una de esas grandes superficies. Mirilla en mano, regresó a casa. El edificio desierto se le antojaba más oscuro que en días anteriores; subió las escaleras a toda prisa y en el rellano, bajo la atenta mirada de la solitaria puerta de la anciana, y el escenario de la extraña muerte de aquellos dos agentes, se dispuso a cambiar la mirilla.
Con ayuda de un destornillador retiró la vieja, y al hacerlo se dio cuenta de que estaba rallada. Como si alguien la hubiera estropeado a propósito. Colocó la nueva y miró hacia la puerta contigua. Armándose de valor, fue hasta ella. Quería retirar la madera para comprobar el estado de la mirilla de su vecina y al hacerlo, se dio cuenta de algo. La madera estaba algo torcida, dejando ver un minúsculo agujero en el que antes debió de estar la mirilla y que dejaba ver parte del interior de la vivienda.  Patricia tomó aire y se asomó, observando por unos segundos el recibidor, revestido de un papel con estampado de flores, muy sobrecargado. Sobre un taquillón antiguo, reposaban varias cruces de todos los tamaños. Y, la pared frente a la puerta, estaba presidida también por un gran crucifijo. De repente, una sombra oscura cruzó delante de la mirilla, al otro lado y, Patricia, dando un respingo, corrió hasta su puerta y la cerró de golpe.
            Entró en su piso y dejó que el agua tibia de la ducha alejara sus preocupaciones. Apenas se puso el albornoz, el timbre sonó, de forma insistente. Más enfadada que temerosa, fue hacia la puerta y se asomó por su recién estrenada mirilla.
            Al otro lado un ser espectral esperaba a ser recibido. Tenía el rostro cadavérico y cubría su cuerpo con una mortaja raída y gris. Su boca, de labios cuarteados y dientes macilentos, se abrió, aparentando pronunciar unas palabras que Patricia no pudo advertir. De tan grotesca cavidad salieron larvas y moscas que caían como cascada putrefacta. Sus ojos estaban vacíos. Su cabello, lleno de tierra seca y trozos de raíces, se derramaba por el sudario. En torno a su cuello había una soga negra y mohosa.
            Patricia cerró los ojos y esperó despertar de aquella pesadilla, pero al abrirlos, el espectro seguía ahí, llamando una y otra vez a su puerta. La muchacha corrió, abandonando la entrada y fue hasta el salón. Abrió las ventanas en busca de tomar aire y al hacerlo, advirtió que entre las lápidas del viejo cementerio, avanzaban decenas de muertos insepultos como el que llamaba a su puerta.    Presa del pánico, terminó por desplomarse.
            Cuando despertó al día siguiente, con el cuerpo aún atenazado por el miedo, abandonó el edificio para siempre. Al hacerlo se dio cuenta de dos detalles que hasta entonces le habían pasado desapercibidos. Su casa no tenía timbre, ni la de su vecina, ni ninguna otra en las plantas inferiores. Y, junto a la entrada, semioculto por la hiedra que ascendía por la fachada, había un cartel que rezaba:
            Stoker & Sons Funeral Homes – 1845

10/4/20

Queridos Noirs,

Llega el momento de rendir homenaje a ese terror en lo cotidiano, al suspense en el seno del hogar, a cuando lo habitual se vuelve inquietante. A esa persona en la que confías ciegamente en tu día a día pero te está haciendo "luz de gas", a esa forma abultada detrás de la cortina por la noche, a ese día cualquiera en el que recibes una llamada muy extraña, a la sensación de no estar solo en casa, de sentirte observado, al vecino que se comporta de manera sospechosa, a las apariencias que engañan, a ese objeto fuera de su lugar habitual que tu no has dejado ahí, a esos secretos que creías bien guardados pero que alguien saca a la luz, a los sutiles chantajes, al suspense, a la calma tensa, a esa bomba debajo del sofá que el lector sabe que está ahí pero el protagonista no.


Vamos a ponernos bien domestics y a añadir terror en casa, así que llega la primera convocatoria de relatos "Avenida Noir", que será publicada en Lektu por pago social.

El número de relatos elegidos se anunciará en función del número de participantes, y los criterios del jurado.

Requisitos :

  • Temática basada en el domestic noir (terror en lo cotidiano), a partir de ahí tenéis libertad total para jugar con géneros, situaciones, etc...
  • Extension : 2500 a 5000 palabras. Cualquier relato fuera de los límites será descartado.
  • Entrega antes de las 23:59 del 30 de Junio de 2020 (Hora española)
  • Solo se admitirá un relato (no publicado anteriormente) por participante
  • Una vez publicados los relatos ganadores, los derechos de los mismos seguirán perteneciendo a sus autores.
  • Envío por email a avenidanoir@outlook.com por sistema de PLICA , con asunto "RELATO AVENIDA NOIR" : Se enviarán 2 archivos adjuntos en Word. El primero, llevará por nombre el título del relato (sin pseudónimo ni nombre) con el relato dentro. El segundo, que se llamará PLICA + título del relato, en el que se incluirán los siguientes datos: nombre y apellidos, RRSS, email de contacto.
Para esta convocatoria contamos con un jurado de lujo como son : 
  • Iván Mayayo (@ivanmayayo en Twitter)
  • Marta Cañigueral (@tona81gi en Twitter)
  • Zahara Ordónez (@AzaOrdom en Twitter)

¡Esperamos ansiosos vuestros relatos!